(Cuentos basados en relatos de Augusto Roa Bastos)
Género: Cuento
Autor: Carolina Orlando
Prefacio
Augusto Roa Bastos, el genial escritor paraguayo, hecho un Maestro del hipertexto y del endotexto entre otros atributos textuales, murió el 26 de abril de 2005, tres días después de uno de sus Maestros, Miguel de Cervantes, que falleció el 26 de abril de 1616, sin embargo, su obra, igual que la de su ilustre antecesor, no sólo resucita en cada una de sus lecturas sino que lo hace también en la reescritura.
Somos algunos en efecto en el mundo decidiendo recoger la pluma de Carpincho, la del Supremo por tanto y la de Raymond Roussel, y atribuyéndonos la pluma-recuerdos. En lo que me atañe, este proceso se cumplió de modo casi inconsciente , en el caso de Carolina Orlando, el planeamiento está muy claro, procurar que vuelva a vivir el Carpincho mediante su escritura por una parte y por otra gracias a una entrevista apócrifa de Juan, un joven periodista argentino, en 1978 , en Toulouse, donde moraba entonces Augusto Roa Bastos, dado que enseñaba la literatura latino americana y el guaraní, en la Universidad de Toulouse Le Mirail.
Carolina Orlando nació el 24 de septiembre de 1975, nunca encontró a Roa, y menos lo entrevistó, en cambio lo leyó a lo largo y a lo ancho, “a lo profundo” me atrevo a decir. Uno vuelve a encontrar en efecto en estas notables memorias apócrifas de Roa Bastos, el humanismo revolucionario de Hijo de hombre, en el cuento “Armas con sangre”, la compleja pluritextualidad de Yo el Supremo, en los paratextos y en “El juego de la escritura”, que desemboca en la alucinante marquetería textual de “La leyenda del divino narciso”, una pieza de teatro casi compuesta por entero de pasajes de obras “re- trabajados” de obras que Augusto Roa Bastos habrá leído...
Impresionante pues, ya que en el momento en que el lector ejercitado de Roa cree detectar una debilidad: esta pieza es el elemento que sobra en el conjunto, desentona, ya no es re-escritura de Roa Bastos, y que se entera del estratagema, no puede sino reiterar acá su visión de la escritura roabastiana, se trata de un endotexto que se transforma en exotexto, por la magia de la relectura y la reescritura.
En efecto se nota que en la obra de Roa, dominan los narradores-escribientes, quienes ponen en escena la escritura y dan la ilusión que se autogenera: endotexto. Pero lógicamente el proceso no termina ahí, al lector le toca ahora apoderarse de aquella maravillosa máquina de escribir a lo Raymond Roussel, y agarra su propia pluma, vuelve a escribir, conscientemente o no la obra de Roa Bastos, porque no tiene otra, se lo condena a reescribir: exotexto, y a metamorfosearse en simple eslabón de una escritura transfinita...
En mi opinión, este fenómeno es único, por ello, cuando en la primavera 2006, una joven argentina de 31 años, merced a mi blog sobre Roa Bastos , me mandó sus Memorias de un escritor, desde la primera lectura no pude sino estremecerme. En efecto, lo que creía ser la marca de un tipo de locura, la mía, la de pasarme la vida comentando su obra, recorriendo su país por todas partes, leyendo todo lo que leyó , estaba compartida y que en esta materia, a la vez metatextual, hipertextual, endotextual y exotextual, no pasaba de aprendiz frente a la increíble chica...
Para terminar, y este detalle es sin lugar a dudas el más extraño, de cierto modo, yo soy, sin quererlo y sin que jamás nos hubiéramos visto o concertado, el protagonista de estos cuentos. De hecho me identifico, -como ex empleado de los Correos franceses-, de manera profunda con el cartero de “Algunas notas si tiempo”, que se esfuma en Buenos Aires para volver a surgir en Toulouse. Mi corazón late aún más fuerte durante un coloquio en Nanterre, en “Advertencia al lector”, -donde estudié y enseñé-, y desde luego me meto en el pellejo de Juan, cuando al cabo de mil rodeos textuales, logra por fin entrevistar a Roa, -que le cuenta la historia del cartero-, en Toulouse en marzo de 1978. En efecto, me otorgó el privilegio de dos entrevistas, en su domicilio de Asunción, en septiembre de 2000 y en agosto de 2003 , que bien podría calificar también de momentos “mágicos sin tiempo”...
Hay quienes verán en estas pocas notas una amistad de compromisos y algunas coincidencias dudosas, o también una admiración incauta por un autor compartida, mas como Roa creo en el “misterio terrible del azar , e incluso en su supremacía sobre las leyes del mundo racional.
“El azar repite siempre sus jugadas. Quien quiera burlar el azar sólo debe memorizar sus leyes. Son las más simples y las más complejas del universo .”
Somos en este caso por lo menos dos los que memorizaron una de sus combinatorias al mismo tiempo, inscribiéndonos en la “repetición ” de la lectura y la escritura de la obra de un auténtico Genio.
Entonces, en la hora en que Roa muerto recientemente está casi olvidado, -en efecto, podemos señalar esa increíble paradoja, las traducciones al francés de Hijo de hombre y de Yo el Supremo, están agotadas y no reeditadas-, que agarren lectores este libro único, que tengan el valor no mercantil de publicarlo, de darlo a conocer, de leerlo y volver a leerlo, y de emprender también esta vía de la liberación por la reescritura, no podrán escapar...
Advertencia del Autor
Viajé, en 1978, a Francia. Mi objetivo era entrevistar a siete escritores latinoamericanos. Uno de ellos era Augusto Roa Bastos. De varios encuentros en su departamento de la rue Van Gogh, en Toulouse, nació este libro: una recopilación de momentos, transcriptos de su propia voz, que él decidió rescatar de ese mar que es la vida: memorias que, por alguna razón, eligió no dejar en el olvido.
Un par de años después, coincidimos en Nanterre. Para mi sorpresa, me felicitó por la postura que había asumido en la mesa redonda sobre “la realidad en la ficción” y, casi susurrando palabras, preguntó si había escrito algo con sus relatos.
-Claro que escribí, Don Roa, le haré llegar una copia de los cuentos.
Llegaron a sus manos en 1984. Un amigo en común me transmitió su opinión. Sugería, dijo, que no los editara nunca porque yo no había sabido transcribir los hechos tal cual él me los había contado, que los podría haber escrito mejor, que había usado un lenguaje demasiado barroco, por momentos abstracto y confuso.
Mi advertencia es, en suma, que el protagonista de los cuentos no está de acuerdo con ellos.
Buscando las causas de tal desaprobación, concluí que quizás yo estaba demasiado aturdido en esos días por la idea de mi exilio, o que mi falta de experiencia como escritor arruinó esta primera obra.
No descarté, para evadir mis culpas, que Roa Bastos se dejó influir por su negativa a ventilar historias íntimas, algún secreto o algún texto del que no quiere acordarse.
Sin embargo, yo sí creo necesaria la aparición pública de estos, sus relatos, para demostrar cómo las circunstancias: instantes vividos que parecen no dejar marcas, lo modelaron como genial escritor.
Dejo en Usted, Lector, la crítica. Al servicio de esa opinión, agrego las notas de mi cuaderno que, creo, servirán a alguna de sus dudas (Está permitido evadirlas si no le interesan los pasos previos).
Prometo, eso sí, revisar los relatos una vez pasado el tiempo. Buscaré, mientras tanto, documentación fehaciente y, como muestra de mi humilde condición de continuo aprendiz, no desoiré los consejos sabios de un Maestro que transformé, irresponsablemente, en El Personaje de estos cuentos.
“Hanse de casar las fábulas...”
Don Quijote de la Mancha
Cuaderno de Notas
Para quien lo encuentre:
El miedo derriba el cuerpo y en esta época se vive con miedo. Pero nada derribará la escritura. Por eso dejo estas notas que informan sobre el comienzo de un proyecto que, por ínfimo, no pretende cambiar el ritmo que rige a mi pueblo. Régimen opresivo, de muerte, de encarcelamiento; con estilos opuestos a los de la libertad. Y la literatura, leí, es libertad. De esa libertad me sirvo. Algún día escucharán a Rodolfo Walsh, a Conti... Algún día se conocerá lo imperecedero de esa libertad.
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“...«con este poema no tomarás el poder» dice / «con estos versos no harás la Revolución» dice / «ni con miles de versos harás la Revolución» dice / se sienta a la mesa y escribe”
Ay Gelman...
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Por supuesto que nadie sabe a qué voy a Francia. Solamente mi madre puede saberlo. Ni siquiera la abuela, que podría hablar del tema con los vecinos.
Por razones obvias, no puedo salir y explicarles a todos que nos privan de una literatura de la que se hablará por muchos años. No puedo contarles que en Francia me esperan ellos, los que la lideran desde el exilio...
Lo único que digo es: en dos meses me voy a Francia, ustedes saben: los museos, el dólar barato, esas cosas. Todos están animados por la novedad. Me piden perfumes, telas y fotos. El vecinito se va a Francia, los escucho murmurar, ¿Quién? Dice Susana. Juan, el hijo de Emilia. Ah... Y entonces Susana piensa qué me puede pedir. Insisten, todos, con la Tour Eiffel y el Moulin Rouge. Paciencia. No puedo decirles lo del libro, tampoco que primero llego a Barcelona para ir en tren hasta Toulouse. ¿Para qué a Toulouse? ¿Qué contesto? Mejor no dar explicaciones. Puede ser peligroso. Despertaría sospechas el hecho de no tener interés por las postales y, más aún, mi necesidad de alejarme de las barricadas de argentinos gritones preocupados por comprar el doble: víctimas (o victimarios) de la plata dulce.
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Mamá: suponiendo que yo no esté y que encontrás estas notas: hacé todo lo posible por enviar este cuaderno y las siete carpetas con las entrevistas a Paco. Quisiera que las lea, y que, si lo cree apropiado, intente hacerlas él mismo.
(Un pedido sin sentimientos, ¿verdad? Pero no es el lugar. No desestimé la posibilidad de que ellos encuentren el cuaderno antes que vos y no sería justo que se lleven también mi intimidad. Mis cariños estarán en una carta. Ésa es otra historia. Ésa estará más a tu vista)
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Objetivos: completar con respuestas las entrevistas a siete escritores exiliados. Confirmar las fechas de los encuentros con los amigos de Paco. A los demás, llamarlos antes del viaje para que sepan de mi pronta y segura llegada. Además querrán saber de la situación de otros colegas. Por eso, buscar noticias de buena fuente, contactarme con los que se quedan y avisar de mi partida para que no crean que caí en prisión.
Será bueno viajar. Alejarme un tiempo. Disipará los miedos.
Suena un poco cobarde, pero puede pasar que en esa debilidad (cobardía, miedo) se esconda algo de fortaleza. ¿Deseos de un cobarde?
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Barcelona-Toulouse-París. Completado el viaje, volver a Argentina (llamado previo a mamá para saber de su boca cómo están las cosas), corregir, ensamblar y organizar el libro. Esperar a que lleguen los tiempos justos, como dijo Paco. Lanzamiento del libro “Siete conversaciones: ecos del exilio” (o similar). Fin de mis objetivos. Ah... espero poder volver.
***
El primero que voy a entrevistar va a ser usted, le sentencié al nombre impreso en la tapa de Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos.
En ese instante, detrás del mueble-vitrina, descubrí una fila de hormigas que entraba por las hendijas de la ventilación y recorría el vértice formado por la pared y el zócalo, hasta llegar a la pata de mi escritorio. Por allí subían, insolentes. Cargaban sin descanso los granos de azúcar desparramados anoche en un impulso para endulzar mi café. Impulso que resultó, claramente, sin pulso.
Las dejé que siguieran con su tarea. Lejos de interpretar mi piedad, se multiplicaban, irrumpían mi tranquilidad sin respeto, hasta molestar. Tomé, entonces, un paño mojado en agua caliente (no sé por qué caliente, supuse que así morirían más rápido) y las arrastré sin compasión. Al compás de su muerte, cometí decenas de asesinatos.
Aturdidos por la matanza, vigilantes se tornaron mis ojos que observaban de tanto en tanto las hendijas. Para concentrar mi atención en las palabras, decidí antes transcribir la última hoja de preguntas que haré a uno de los escritores que me espera en París.
Sin perder el ritmo, leía mis notas y transcribía la entrevista hasta llegar a las últimas letras del escrito. Restaba agregar el nombre de Julio Cortázar. Último estímulo de mis manos, y mi visión volvió a llenarse de aquellos bichos molestos que desvariaron las letras sin permiso. Comprobé, aliviado, que sólo eran ilusiones ópticas. Quité la hoja de la máquina y la guardé en mi carpeta.
Libre, ahora sí, para comenzar a releer la novela del que sigue, escondí la máquina en el cajón del escritorio, me serví un vaso de agua fresca y le dije al libro en el que aparece el portaplumas del abuelo: su turno.
***
No puedo detener el ejército de hormigas que invade la hoja. A mis manos, atadas y sometidas a la máquina de escribir, parece no interesarles el peligro de tal invasión (ahí se coló una redonda, por ejemplo). Las hay de muchas formas, a cuál más oscura y retorcida. Detrás, entra una delgada con su antena que mira al este. Después, corre y se detiene una de igual grosor pero más alta, parece una aguja, y las antenas, una de cada lado, la hilvanan. Llegan a gran velocidad, dan un salto violento y algunas se escapan de mi vista. ¡Ahí, ahí! y ya son... Manchan el papel y se ubican en su lugar (otra más y otra más). Mis manos se sueltan y ellas dejan de entrar, no invaden, no gritan. La última: una de esas con la antena hacia el este.
Con cuidado, sostengo el papel por el extremo, giro el rodillo y tiro. Las hormiguitas mantienen su lugar, esperan encontrar sus respuestas en Francia.
La hoja, impecable, se llenó de letras.
***
El cristal y el insípido líquido juegan. Aumentan las letras de la tapa y el tamaño de una figura que, por la ondulación del vidrio, parece sin rostro. Lo desplazó de su centro.
Quito del medio la barrera de agua. La figura sigue desplazada. Así entendió Carlos Alonso al Supremo Dictador: cuerpo sin rostro, figura que observa a través de su contorno oscuro y vacío, ojos atentos, mirada severa, me amenaza, parece hablar. Que entienda bien, me dice, que termine con las metáforas, que las aplaste o que las diga en voz alta, sigue. Abro el libro y se calla.
Una vez dentro, no veo ya el dibujo.
***
La novela es más o menos así: el Supremo fue un dictador de Paraguay con autoridad, claro, suprema. Su nombre: José Gaspar Rodríguez de Francia. Las opiniones son diversas, opuestas. Me remito a estas dos informaciones:
“Vieron los paraguayos a un hombre que habiendo convocado y reunido en Congreso a los habitantes de la Provincia, presidió en él, y se hizo proclamar por sus parciales, "Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay", prevalido de la ignorancia de los paraguayos, que no sabían ni conocían la autoridad sin límites de la dictadura; y que el dar a un ciudadano en una República una autoridad ilimitada es el mayor de todos los males [...] empezó por ser déspota, degenerando luego en tirano y verdugo de sus paisanos: y antojándosele que la dignidad episcopal le hacía sombra y ofuscaba su dictadura, tiró a perseguir Obispo hasta envenenarlo...” (Molas, Mariano Antonio, Descripción histórica de la antigua Provincia del Paraguay, Edición princeps 1868; 3a. ed. Asunción: NIZZA, 1957, cap. V: “La Dictadura”)
La otra:
“Abolidos una vez el imperio de los sacerdotes y la inquisición, algunas ideas mas sanas ocuparon el lugar de las preocupaciones antiguas. Como fue líbre desde el principio de la revolucion la introducción de libros, empezó á generalizarse el gusto por la lectura, y la instrucción con él, al menos entre los jóvenes [...] La presencia en fin de los extranjeros, detenidos muchos años en la capital, contribuyó á que se divulgasen mejores idéas, y se adoptáran costumbres mas análogas á nuestro siglo. Es digno de notarse que las mugeres han manifestado mas desposicion á instruirse que los hombres [...] Desde luego que, habiendo puesto a la provincia en un pié militar, capaz de hacerla respetar de sus vecinos, é introduciendo algun órden en la hacienda, aquel hombre ha enseñado á sus compatriotas que pueden ser independientes.” (Longchamp, M.; Rengger, J.R., Ensayo histórico sobre la revolución del Paraguay y el gobierno dictatorial del Doctor Francia, traducido del francés por Florencio Varela, Montevideo: Comercio del Plata, 1846, p.201)
Quizás habría que mezclar esas opiniones y puede que resulte algo bueno. Algo así hizo, muchos años después, Augusto Roa Bastos que, dándose el nombre de Compilador, juntó datos, cuadernos personales, cartas y objetos para rehacer la historia y contarla de otro modo. Ésa es la que leemos a lo largo de 460 páginas. Por ellas nos habla, nos transmite y nos alucina con toda la fuerza del personaje.
Tengo entendido, sin embargo, que no a todos les convence esta historia compilada por fragmentos análogos; no todos pueden dejar a un lado la realidad cuando se trata de leer ficción. No es fácil. Quizás yo tampoco pueda.
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Mañana retomar lectura en la página 214, donde se explican los detalles del portaplumas. Mi portaplumas, Compilador...
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“El que quiere salir de dudas no tiene más que venir a mi casa y pedirme que se la muestre. Está ahí sobre mi mesa mirándome todo el tiempo...” (Pag. 214, Yo el Supremo)
¡Claro que quiero salir de dudas, señor Compilador! usted me asegura que posee la misma “pluma-recuerdo” o “pluma-memoria” que está, en este momento, encerrada en el mueble-vitrina de mi bisabuela.
Inexplicable coincidencia.
Seguramente, Usted nunca pensó que el verdadero poseedor de la pluma, podría, alguna vez, acercarse a estas engañosas líneas. ¡Ya me verás en Toulouse, Compilador!
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No es una pluma cualquiera:
Según el Compilador: Su particularidad es que escribe y, al mismo tiempo, se pueden visualizar las formas de otro lenguaje, uno compuesto de imágenes, metáforas ópticas.
Según el abuelo: La probé una sola vez. Era para una carta a tu abuela. Mientras escribía, vi que la pluma emitía rayos luminosos y, desde ese momento, sentí que tenía el sol dentro de mí y no podía contener esa formidable fulguración de mí mismo.
Así de bien recuerdo esa frase. Cómo olvidarla. Siempre creí que alguien se la había dicho y que él la repetía porque, posiblemente, le gustaba el sonido de sus palabras. Quizás se la dijo ese amigo que le regaló el portaplumas. Quizás también a él se la habían citado.
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El mueble-vitrina, como se lo llamaba en casa, (Recuerdo: ¿Dónde están las copas? En el mueble-vitrina, hijo. / ¿De quién era la portaplumas blanco que está en el mueble-vitrina? De tu abuelo. Antes había sido de un amigo paraguayo bajito, narigón, que vino a vivir a Argentina escapando de no sé qué político, ya no me acuerdo bien de esa historia. / ¿Qué mueble puedo usar para guardar los libros? Llevate el mueble-vitrina, hijo, que ya casi no quedan copas), había servido para albergar las cosas más valiosas: juegos de platos y copas del casamiento de la bisabuela hasta que se fueron rompiendo. Vajilla de la misma festividad de la abuela hasta que los fue rompiendo. Copas, platos, casamiento, mamá, roturas, fin. Pluma del amigo del abuelo. Libros del nieto.
La vitrina, en realidad, es la que está en la parte superior del mueble. Su base es el techo de un descansito oscuro en el que alguna vez se empolvaron los adornos. Ahora: libros. Debajo de esa madera se esconde una serie de estantes ocultos por dos puertas ciegas color caoba. Allí solían estar los platos, copas y demás ausentes. Ahora: libros. Pero lo interesante está en la vitrina.
Hace tiempo que no se abre la puerta. Tiene un marco nudoso, también caoba. Si por las vetas el árbol nos cuenta sus años, esa madera los tiene todos. El marco sostiene un vidrio de los de antes, “fiselados”, decía la abuela. En el centro, está decorado con flores opacas. Detrás, esperando en silencio, un tesoro del Supremo Dictador Rodríguez de Francia.
***
Fui hasta la vitrina. Del otro lado del vidrio: misterio. Y la pluma.
“cilíndrica...de marfil blanco...”, dice el Compilador. Es cierto, blanca, cilíndrica, marfil. Pero si la tengo conmigo ¿Cómo puede ser? Otro dato a mi favor es que vino de Paraguay...
Mejor será mirarla de cerca ¿Por qué no abrir la puerta del mueble?
Sí. Desafiar al Compilador una vez observados todos los detalles.
***
Parecía una puertita débil, pero la fortaleza no está en la apariencia.
Restaba aferrarse del ojo de la llave y girarlo hacia la derecha para, una vez abierta, estudiar el objeto. Mi mano estimuló el giro. Una vuelta, dos y, lejos de abrirse, se resistió.
Recordé esa historia que escuché en Luján, en Córdoba y hasta en Chile. Cuentan que una carroza se estancó con la Virgen a cuestas, fijando, así, su lugar de residencia. A eso lo llaman “milagro”.
Pero esto no era un milagro, sino un imán. Seco, atascado, encastrado en el tiempo.
Di golpes certeros, suaves y apurados a lo largo del marco caoba. Mi delicadeza resultó inútil frente a la abigarrada atracción de los opuestos. Guerra declarada a las leyes de la imantación, diría el Supremo.
La mano izquierda, complacida en ayudar, empujó la llavecita un poco más a la derecha, hasta su tope. La otra mano, más sudada, tiró del cordel de hilo beige colgado de un clavito que supo sostener una manija. Unidas las acciones: fuerza, tirón; giro, tope; oxígeno en las hendijas del imán, apuro y enojo, la puerta del cordel se abrió con, hasta eso momento ausente, facilidad.
La mano, en forma de puño, se despegó indomable y fue a parar a mi nariz. Resultó un golpe hacia mí mismo, guiado por un estímulo que creí ajeno, externo, yente-viniente diría (otra vez) el Supremo. Como si Él quisiera, como si el portaplumas...
***
Mis sentidos se empastaron de sangre. La saliva degustaba rastros de hierro; la nariz, aturdida, coagulaba mi respiración; mi mano tanteaba el líquido disperso; mis ojos: fijos sobre tres dedos rojos, y mis oídos escuchaban el silencio.
Un pañuelo servía contra la hemorragia. Ya no blanco, intentaba atraparla.
En la pila grande del lavadero, el vecinito golpeado enjuagó los rastros sangrientos y regresó, ansioso, aturdido y metafórico, al mueble-vitrina.
Metafórico, es decir, poeta: Volver al libro de los recuerdos/ palabras que te dibujan/ letras que te detienen: pluma objeto/ tinta agua del Supremo/ te miro, y pienso/ estás quieta, marfil/ misteriosa, en silencio/ retrocede el aire, el agua, la sangre, el tiempo/ Te tengo, pluma, me siento hombre eterno/ Anular, marchar hacia atrás/ “¿No subimos acaso para abajo?” dice Vallejo/ invertir, liberar estos versos. (¿Están permitidos los baches en un cuaderno de notas? Teniendo en cuenta mi vocación de poeta semi-frustrado: Sí).
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“El extremo superior termina en una paleta; lleva una inscripción borrada por huellas de años de mordiscos” (pag. 214)
Mi pluma tiene esos mordiscos, pero se puede leer la inscripción claramente, nítida y reveladora. Ya no tengo dudas.
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“Engastado en el hueco del tubo cilíndrico, apenas más extenso que un punto brillante, está el lente-recuerdo...” (pag. 214)
El lente-recuerdo, intacto, despide dos finos hilos de luz. Pudo haber sido magia o, simplemente, el reflejo del punto brillante al chocar con los rayos del sol.
En el interior del mueble-vitrina, detrás de las puertas ciegas, hay unas hojas de papel-tela. Probar.
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Cuidado. No dejarse alucinar por el objeto.
Ya tendré oportunidad de hacer valer mi derecho de real propietario.
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Investigar sobre el idioma guaraní. Leer los cuentos de este “séptimo escritor”. Redactar las preguntas de la entrevista.
Otra vez: ¡No dejarse alucinar por el objeto!
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Durante la entrevista, no hacer referencia a la “pluma-memoria” (como a él le gusta decir). No arriesgarse.
En fin, situación a evitar: solicita el cuestionario antes del encuentro, lee la pregunta que hace referencia al portaplumas, niega rotundamente a recibirme y se desvanece la oportunidad de demostrar el engaño. Una lástima, porque la discusión, con tonos de batalla por la verdad, podría resultar pintoresca. Con más razón sabiéndolo (como me han contado) un hábil fabulador.
Será mejor, una vez dentro de su departamento: saludar atentamente, respeto, consigo las respuestas a mi cuestionario y, antes de irme: -¿Podría ver la pluma-memoria del Supremo?- o algo parecido. Escuchar sus excusas, sorprenderlo: ¡No mienta más, genial augusto! Que la pluma es mía.
Mire, lea, ninguno de los mordiscos borró la inscripción.
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